
Esta mañana compro un bonobús en el quiosco. El vendedor que me conoce porque compro allí el periódico todos los días, hace su habitual broma inocente, me rió educadamente, pago y voy a una cercana papelera para tirar el billete gastado. Pienso en la pequeña historia de ese pequeño rectángulo de cartón que me ha acompañado a lo largo de casi medio mes. Lo llevé varios días hasta que me hizo falta en mi cartera, junto a tarjetas de des-crédito y alguna que otra papeleta de lotería, esperando que llegará su hora de presentación en sociedad, de salida a ese mundo donde es uno de los objetos cotidianos de una vida cotidiana, donde es uno de los objetos necesarios de una vida que necesito. Ha sido marca páginas del libro que estaba leyendo mientras duró su corta vida “Los crímenes del número primo” de Reyes Calderón, tentada estoy de no deshacerme de él y seguir utilizándolo para señalar frases como esta: “Y lo peor fue que, al toparse con aquella sinrazón, su mente se apagó como claudica la pasión: de improviso.” Pero el fin de un bonobús es ser sustituido por otro, y por otro, y por otro. Y si no lo hago así, esta no sería una pequeña historia cotidiana y quizás podría convertirse en extraordinaria o mágica o inventada, y esa no es mi intención.
© 2008 Alma