De pequeña no me dejaban leer, rectifico, no me dejaban leer tanto como yo hubiera querido. Devoraba los libros, toda clase de libros. No era esta la causa de que no me dejaran leer, no. Mis padres mantuvieron la sana costumbre de permitirme leer lo que cayera en mis manos, con la única condición de preguntar siempre que no entendiera algo. Me prohibían leer tanto, para que no se dañara mi vista, de hecho ya algo estropeada.
Por eso, adquirí la costumbre de ir a menudo al lavabo. La niña mas meona y cagona del mundo es el sobrenombre que entonces debería haber adquirido. Me descubrían enseguida claro, no existían entonces (al menos para nosotros), las casas con dos baños, y en cuanto alguien de mi familia o alguna visita, deseaba evacuar, allí que me pillaban, en plena lectura. Igual me encontraban leyendo La Odisea que las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, incluso y aún siendo poco romanticona, alguna de las de Corín Tellado, tan denostada ella, la mujer, dicen, que mas ha vendido en castellano después de Cervantes y su Quijote. Y he de añadir, que no era fácil estar allí tanto tiempo, teniendo en cuenta que en aquella época vivía en plenos Pirineos y no teníamos calefacción. Creo que desde entonces y curada ya de cualquier virus invernal, no he cogido ninguna gripe, algún resfriadillo molesto pero nada más.
Fue en el lavabo, más que en el colegio de la época, donde adquirí un extenso y cuidado vocabulario. Una escuela de lo más efectiva ese retrete mío.
Por supuesto ahora nadie me impide leer, quizás la vista, que no cuidé lo que debiera en su momento, mea culpa, pero cuando mi visita al baño se prevé de más larga duración, llevo como acompañante el libro que estoy leyendo. Y hoy, allí sentada, calentita con mi calefacción, leo: “La muchacha dio un grito; no hacía falta más….” y disfruto de “La música del adiós” de Ian Rankin.
Si leer es un placer, que lo es, lo he disfrutado a tope, lo disfruto, lo disfrutaré. A veces, a escondidas.
Ilustración de anne julie aubry
© 2009 Alma